miércoles, 2 de noviembre de 2011
Podemos imaginarlo todo
Las posibilidades son infinitas. Horas de lucidez en manos de locos. Claridad absoluta en mentes confusas.
Me puedo imaginar miles de situaciones, vidas diferentes, universos siniestros pero puede que reales. ¿Y si vivimos en una realidad que no es la nuestra? ¿Y si el mundo tal y como lo conocemos no es sino un mero producto de nuestra imaginación? O una interpretación personal de un mundo que nos venden desde que nacemos. La idea me aterra y me encanta en partes iguales. Porque digo yo, si puedo fantasear con ello, si puedo verlo en mi mente...¿será que quizás existe en un nivel de consciencia superior al nuestro? Piénsalo.
Podemos imaginarlo todo, absolutamente todo. Jugar con las ideas, con la gravedad y con las leyes científicas. Y puede, solo puede, que a alguien, en algún lugar, en algún momento, se le hayan ocurrido las mismas cosas, que haya fantaseado con lo mismo, haya llegado a la misma conclusión...¿casualidad? Puede que sí, es posible.
Sin embargo, tarde o temprano, acabamos volviendo al mismo punto de partida y lo único que nos queda es esto: pensar que el mundo en el que creemos vivir es el de verdad y que las posibilidades son sólo eso, lo que el propio nombre indica.
Tres años después llego a la misma conclusión: qué jodidamente pequeños somos. Pero esta vez caigo en que las personas pequeñas pueden hacer, y de hecho hacen, cosas muy grandes que sin duda transcienden de alguna manera las cuatro paredes de realidad objetiva en la que nos vemos obligados a vivir.
viernes, 7 de octubre de 2011
Sin caminante no hay camino.
Aristóteles decía que los límites de la responsabilidad humana se limitaban a las consecuencias de las propias acciones. Dicho de otro modo, ninguno de nosotros sería responsable de ningún acto llevado a cabo únicamente en la imaginación. Pensándolo así, tiene sentido. No podemos condenar a alguien por asesinato por haberlo planeado sólo en su mente durante unos breves instantes de rabia y odio contenido o juzgar severamente los pensamientos inmorales que a más de uno y más de dos se nos han pasado ocasionalmente por la cabeza. (Aunque en este caso el no poder es relativo... pero no nos desviemos del tema).
Sin embargo, se plantea aquí una nueva incógnita. ¿Realmente estamos exentos de tal responsabilidad? Llegados a este punto, me atrevo a decir que no, no lo estamos. No soy ni la primera ni la última, por supuesto, siglos de trabajo filosófico y religioso permiten que yo hoy sea partidaria de esta no tan nueva idea. La responsabilidad en ningún caso se limita únicamente a nuestras acciones. Al margen del dicho popular de "querer es poder", cabe mencionar que incluso el deseo de lograr cosas imposibles tiene un efecto más que considerable en nosotros y en nuestras vidas. Esos pensamientos son el motor de todo cambio. Cambios intangibles, invisibles, que, sin embargo, nos mueven por dentro y nos hacen plantearnos lo que podríamos llegar a ser. Sólo llego a una conclusión: nada es en vano, todo sirve de algo. Cada pequeño acto imaginativo, del que somos responsables en cierta medida, genera unas consecuencias de las cuales no tendremos consciencia absoluta hasta el final de nuestros días. Cuando nuestros caminos ya estén escritos.
Sin embargo, se plantea aquí una nueva incógnita. ¿Realmente estamos exentos de tal responsabilidad? Llegados a este punto, me atrevo a decir que no, no lo estamos. No soy ni la primera ni la última, por supuesto, siglos de trabajo filosófico y religioso permiten que yo hoy sea partidaria de esta no tan nueva idea. La responsabilidad en ningún caso se limita únicamente a nuestras acciones. Al margen del dicho popular de "querer es poder", cabe mencionar que incluso el deseo de lograr cosas imposibles tiene un efecto más que considerable en nosotros y en nuestras vidas. Esos pensamientos son el motor de todo cambio. Cambios intangibles, invisibles, que, sin embargo, nos mueven por dentro y nos hacen plantearnos lo que podríamos llegar a ser. Sólo llego a una conclusión: nada es en vano, todo sirve de algo. Cada pequeño acto imaginativo, del que somos responsables en cierta medida, genera unas consecuencias de las cuales no tendremos consciencia absoluta hasta el final de nuestros días. Cuando nuestros caminos ya estén escritos.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Es cuando no te lo esperas que las cosas ocurren. Y digo cosas cuando en realidad estoy intentando decir momentos. Momentos, cosas, ocasiones, oportunidades, puertas que se abren y se cierran, personas, instantes, circustancias...que más da. La famosa (¿o debo decir dichosa?) Ley de Murphy actúa cuando menos te lo esperas.
Me escondo en el otro lado, en el fondo del cajón. Y además he echado la llave. Dos vueltas, por si con una no bastara. Por lo pronto, ya he sacado mi cabeza del cascarón, que no es poco. Y, por supuesto, quedan un montón de cosas por tachar de mi lista. Que no cunda el pánico. Las ganas aprietan, pero no tengo prisa. Como siempre, el tiempo dirá, aunque no sé si esta vez el tiempo recolocará a cada cual en su lugar.
Quiero aprender a nadar. Pese a que nadie me sujete en los primeros intentos ni me ayude a mover los brazos.
3, 2, 1...
Comenzamos.
Me escondo en el otro lado, en el fondo del cajón. Y además he echado la llave. Dos vueltas, por si con una no bastara. Por lo pronto, ya he sacado mi cabeza del cascarón, que no es poco. Y, por supuesto, quedan un montón de cosas por tachar de mi lista. Que no cunda el pánico. Las ganas aprietan, pero no tengo prisa. Como siempre, el tiempo dirá, aunque no sé si esta vez el tiempo recolocará a cada cual en su lugar.
Quiero aprender a nadar. Pese a que nadie me sujete en los primeros intentos ni me ayude a mover los brazos.
3, 2, 1...
Comenzamos.
viernes, 9 de septiembre de 2011
The what-ifs and might-have-beens
22:32. Me pregunto donde está. Otros días a esta hora ya lleva varios minutos sentada en la mesa junto a la ventana. Siento la ansiedad y el nerviosismo crecer en mi interior.
22:41. Tic-tac. Tic-tac. Quizás se haya ido. Quizás se haya marchado para siempre. Recuerdo la primera vez que la vi hace ya dieciseis noches. Desde entonces ha venido a diario excepto hoy. Recuerdo el suave taconeo que hizo que levantara mis ojos y los dirigiera hacia la entrada. Ahí estaba ella. Maravillosa. Un sencillo vestido negro por encima de las rodillas, un colgante escueto con una piedra turquesa reposando sobre sus hermosos pechos. El pelo, castaño claro, aclarado por los rallos del sol seguramente, suelto, cayendo sereno sobre sus hombros bronceados. En los brazos sólo un reloj plateado contrastando con el bello color de su tersa piel y la sobriedad de unas manos de largos y finos dedos carentes de cualquier adorno a excepción de la laca de uñas roja. Pero, sobretodo, y fue esto lo que nublo mi juicio y sentido común desde el principio, aquella sonrisa serena cuando se acerco a la barra mirándome directamente a los ojos. Ni demasiado grande, ni demasiado pequeña. Natural, real.
De este modo nos aventuramos (o más bien yo lo hize, pues ella en ningún momento se puso ni mínimamente tensa o nerviosa, tan segura de si misma y tan conocedora de ese encanto y esa belleza tan suya que paseaba sobre aquellas sandalias marrones de tacón alto y finas tiras rodeando sus empeines de ensueño) en la conversación fría y rutinaria que se repetiría durante las siguientes quince noches y que yo recordaría y reviviría una y otra vez hasta la noche siguiente mientras contaba cada minuto que me faltaba para volver a verla. "¿Qué desea tomar, señorita?"
22:55. La esperanza se desvanece poco a poco y el impulso automático y continuo que hace que mire la puerta cada tres segundos comienza a apagarse al mismo tiempo.
23:20. No va a venir. Es el fin.
02:00. Hora de cerrar. No ha aparecido. Es posible que ya nunca vuelva a verla. Es posible que se haya cansado de este estúpido juego. Me maldigo en silencio. Maldigo mi cobardía y la falta de valor. Comienzo a imaginar aquello que desearía que hubiera sido, pudo haber sido y no fue.
sábado, 20 de agosto de 2011
Bittersweet Memories
El grupo de esta noche hace su entrada en el bar cargado de humo, a la vieja usanza, entre tímidos aplausos procedentes de las primeras filas. Un local en primera línea de playa en un pueblo más de veraneo repleto de turistas ruidosos procedentes del norte de Europa.
Hace años que frecuentamos lugares como este en el mes de Agosto. Dos semanas de sol, mar y chiringuitos playeros. Lo de siempre. El plan de verano de miles de personas. Monótono, sí. Pero agradable también para dos personas a punto de jubilarse y que quieren desconectar del ruido, el humo y el tráfico de una gran ciudad que elegimos como residencia fija hace ya más de tres décadas. Aunque ruido y humo es precisamente lo que encontramos hoy en un local como este. (Es curioso, paradójico. Como acabamos pareciéndonos precisamente a quienes no queremos parecernos, como acabamos enganchadas a las personas que más nos sacan de quicio o como para huir de una rutina insípida nos adentramos en otra quizás peor.)
Al principio veníamos con los niños. No hay nada como el clima del mediterráneo para pasar las vacaciones. Pero con el tiempo se han hecho mayores…y qué podemos hacer dos viejos como nosotros si no es aceptar que tienen que volar en solitario, por su cuenta, y resignarnos.
El grupo lleva más de hora y media en escena. No son nada del otro mundo. Más bien mediocres de hecho, aunque he de reconocer que la cantante rubia del vestido ceñido y demasiado corto tiene una voz alucinante. Me pregunto cómo ha acabado en un lugar como este. Con esa voz. Tuvo que ser una joven espectacular.
Pedimos la segunda cerveza de la noche. El ambiente a nuestro alrededor se anima. Una pareja joven a nuestra izquierda es incapaz de dejar de acariciarse. Me recuerdan a Harold y a mi en nuestras primeras vacaciones. Dios mio, han pasado ya treinta y siete años desde entonces. Lloret de Mar, 1974. Qué jóvenes éramos. Una especie de nostalgia, una tristeza honda me invade de pronto.
Oigo resonar los primeros compases de la famosa canción de Dolly Parton. La rubia pechugona de la gran voz cierra los ojos y gesticula con fuerza al llegar al estribillo, lo cual me recuerda a cuando Lorelai le canta a Luke esta misma canción en un episodio de las chicas Gilmore. Es mi escena favorita. (I will always love you)
Y es entonces cuando me hago consciente por primera vez de mi misma, de Harold, aquí sentados entre humo, ruido y algunos desconocidos cada vez más borrachos a nuestro alrededor mientras la canción sigue su curso en la lejanía.
Siento su brazo rodeándome. Su fuerte brazo ahora casi cubierto de pelo blanco. Siento mi cabeza reposar en su hombro y, a pesar de todo el jaleo, también oigo su suave respiración y siento el cosquilleo que su aliento produce en mi nuca. Cierro los ojos y me dejo estar. Dejo mi cuerpo absorber su olor. Ese olor a hombre, un poco dulce, un poco salado, indescriptible, que me cautivó desde el primer momento.
Pensándolo bien, no tengo nada que envidiar, nada por lo que ponerme nostálgica al ver todos esos amores jóvenes y nuevos. La emoción inicial, el no poder estar separados, sentir el cuerpo flotar al rozar los labios del otro, vibrar al hacer el amor. Todo eso ya lo tuvimos una vez. Un largo camino recorrido para llegar precisamente a tener esto que tenemos ahora. Y ahora le tengo a él.
Después de las crisis. Después de las dudas ocasionales. Después de los niños y después de que estos se hagan mayores. Después de la resignación. Está esto. Y mientras todo esto pasa por mi cabeza que ya siento como casi anciana, noto que sus labios se acercan a mi y le oigo susurrar I will always love you. Un susurro a gritos. Un susurro dulce. Un susurro salado. Indescriptible.
Y de entre todas las voces de este local, elijo la suya. De entre todos los hombres, le elijo a él. Y de entre todas las vidas posibles, los universos paralelos, las vacaciones de verano pasadas…me quedo con estas.
Es aquí, y no en ningún otro lugar donde quiero estar.
Hace años que frecuentamos lugares como este en el mes de Agosto. Dos semanas de sol, mar y chiringuitos playeros. Lo de siempre. El plan de verano de miles de personas. Monótono, sí. Pero agradable también para dos personas a punto de jubilarse y que quieren desconectar del ruido, el humo y el tráfico de una gran ciudad que elegimos como residencia fija hace ya más de tres décadas. Aunque ruido y humo es precisamente lo que encontramos hoy en un local como este. (Es curioso, paradójico. Como acabamos pareciéndonos precisamente a quienes no queremos parecernos, como acabamos enganchadas a las personas que más nos sacan de quicio o como para huir de una rutina insípida nos adentramos en otra quizás peor.)
Al principio veníamos con los niños. No hay nada como el clima del mediterráneo para pasar las vacaciones. Pero con el tiempo se han hecho mayores…y qué podemos hacer dos viejos como nosotros si no es aceptar que tienen que volar en solitario, por su cuenta, y resignarnos.
El grupo lleva más de hora y media en escena. No son nada del otro mundo. Más bien mediocres de hecho, aunque he de reconocer que la cantante rubia del vestido ceñido y demasiado corto tiene una voz alucinante. Me pregunto cómo ha acabado en un lugar como este. Con esa voz. Tuvo que ser una joven espectacular.
Pedimos la segunda cerveza de la noche. El ambiente a nuestro alrededor se anima. Una pareja joven a nuestra izquierda es incapaz de dejar de acariciarse. Me recuerdan a Harold y a mi en nuestras primeras vacaciones. Dios mio, han pasado ya treinta y siete años desde entonces. Lloret de Mar, 1974. Qué jóvenes éramos. Una especie de nostalgia, una tristeza honda me invade de pronto.
Oigo resonar los primeros compases de la famosa canción de Dolly Parton. La rubia pechugona de la gran voz cierra los ojos y gesticula con fuerza al llegar al estribillo, lo cual me recuerda a cuando Lorelai le canta a Luke esta misma canción en un episodio de las chicas Gilmore. Es mi escena favorita. (I will always love you)
Y es entonces cuando me hago consciente por primera vez de mi misma, de Harold, aquí sentados entre humo, ruido y algunos desconocidos cada vez más borrachos a nuestro alrededor mientras la canción sigue su curso en la lejanía.
Siento su brazo rodeándome. Su fuerte brazo ahora casi cubierto de pelo blanco. Siento mi cabeza reposar en su hombro y, a pesar de todo el jaleo, también oigo su suave respiración y siento el cosquilleo que su aliento produce en mi nuca. Cierro los ojos y me dejo estar. Dejo mi cuerpo absorber su olor. Ese olor a hombre, un poco dulce, un poco salado, indescriptible, que me cautivó desde el primer momento.
Pensándolo bien, no tengo nada que envidiar, nada por lo que ponerme nostálgica al ver todos esos amores jóvenes y nuevos. La emoción inicial, el no poder estar separados, sentir el cuerpo flotar al rozar los labios del otro, vibrar al hacer el amor. Todo eso ya lo tuvimos una vez. Un largo camino recorrido para llegar precisamente a tener esto que tenemos ahora. Y ahora le tengo a él.
Después de las crisis. Después de las dudas ocasionales. Después de los niños y después de que estos se hagan mayores. Después de la resignación. Está esto. Y mientras todo esto pasa por mi cabeza que ya siento como casi anciana, noto que sus labios se acercan a mi y le oigo susurrar I will always love you. Un susurro a gritos. Un susurro dulce. Un susurro salado. Indescriptible.
Y de entre todas las voces de este local, elijo la suya. De entre todos los hombres, le elijo a él. Y de entre todas las vidas posibles, los universos paralelos, las vacaciones de verano pasadas…me quedo con estas.
Es aquí, y no en ningún otro lugar donde quiero estar.
martes, 16 de agosto de 2011
Ura behar dugu nabigatzeko
Puede que haya quien lo niege, quien se resista a pensar que está condicionado, quien se considere libre, pero no por ello es menos vulnerable. Necesitamos creer. Bien sea en un Dios omnipresente, en nuestros propios ideales o en la confianza ciega que depositamos en aquellos a quienes amamos...necesitamos creer. Y sin esa fe que nos ayuda a sobrellevar el día a día, a levantar la cabeza cuando estamos metidos en el fango hasta los hombros, estamos pérdidos. Necesitamos saber, y recordar que sabemos, que pase lo que pase no estamos solos.
miércoles, 3 de agosto de 2011
More than words
Existe, realmente existe, es posible.
Impresionante, excitante.
Es extraordinario.
El poder abrumador para captar en toda su esencia la complejidad del ser humano, elevarla a su máxima potencia y expresarla con majestuosidad. Y tengo que descansar un rato, cerrar esas páginas y pensar, extasiarme de palabras.
¡Me encanta, me encanta! Cuando tengo que parar y cerrar los ojos y decirme a mi misma, que sí! que lo entiendo todo. Lo comprendo. No juzgo. Es el ser humano, sólo eso. Con toda su estupidez y su ignorancia, los momentos difíciles, la arrogancia, la impaciencia, las decisiones totalmente erróneas, los silencios largos, el orgullo innecesario, las cartas de despedida carentes de sentido, las explicaciones demasiado largas y complejas y las no-explicaciones.
Y en esos momentos una se hermana con su ser. Gracias Paul Auster.
Impresionante, excitante.
Es extraordinario.
El poder abrumador para captar en toda su esencia la complejidad del ser humano, elevarla a su máxima potencia y expresarla con majestuosidad. Y tengo que descansar un rato, cerrar esas páginas y pensar, extasiarme de palabras.
¡Me encanta, me encanta! Cuando tengo que parar y cerrar los ojos y decirme a mi misma, que sí! que lo entiendo todo. Lo comprendo. No juzgo. Es el ser humano, sólo eso. Con toda su estupidez y su ignorancia, los momentos difíciles, la arrogancia, la impaciencia, las decisiones totalmente erróneas, los silencios largos, el orgullo innecesario, las cartas de despedida carentes de sentido, las explicaciones demasiado largas y complejas y las no-explicaciones.
Y en esos momentos una se hermana con su ser. Gracias Paul Auster.
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